Ni siquiera una convivencia de tres décadas y media es capaz de revelar la oscura verdad de algunas personas. El relato que conocerás, a seguir es de la abogada Josselene Brito, de 60 años, en testimonio a Kizzy Bortolo, en colaboración con Marie Claire. Este sirve de advertencia para cualquier persona, incluso para aquellos que piensan que están viviendo con alguien de su máxima confianza y respeto.
“Conocí a Paulo* en la universidad. Estudiaba letras en la Universidade Federal de Piauí, Brasil, y él historia. Nos casamos en 1985, cuando yo tenía 25 años. Él nunca fue muy romántico ni cariñoso como me gustaría. Pero era un hombre bueno, digno e íntegro. Como siempre fui extrovertida y comunicativa, consideraba que él era hasta tranquilo, tímido y demasiado discreto para mi gusto. Pero era solo en la calle. Siempre moralista, en casa era Paulo el que dictaba las reglas. Con sus hijos también fue siempre conservador y metódico. Celoso, vivía humillándome. Decía que yo era una “María don nadie”, una nada.
Hace cerca de unos ocho años, empecé a notar que no abandona las salas de chat en Internet. Pero, hace unos tres años, las cosas solo hicieron que empeorar. Paulo pasaba horas y horas encerrado en el baño o en el cuarto y, cuando lo interrogaba, decía que estaba investigando para trabajar. Y encima me atacaba, decía que estaba creando cosas en mi imaginación.
No puedo expresar con palabras lo que sentí. Tal vez porque, en ese momento, no pude distinguir lo que estaba pasando dentro de mí. Decepción ,rabia, disgusto … Además de un enorme dolor en el pecho y mucho, mucho miedo. ¿Quién era ese hombre con el que había vivido durante 35 años? ¿Qué estaba pasando por su cabeza, de qué más era capaz? La sensación era como si me hubiesen apuñalado en el pecho, justo en medio del corazón.
Al día siguiente, junté su ropa, con la ayuda de nuestra hija, y le pedí que se fuera de la casa. Y así lo hizo, cabizbajo y sin decir una palabra.
Tres días después, decidí denunciarlo. Se aconsejaron que primero presentara una denuncia virtual, y después un servicio presencial en la comisaría por delitos digitales. La medida de protección, que le prohíbe acercarse a menos de 300 metros de mí, salió ocho días después, el 30 de junio, y fue firmada por la jueza del Juzgado 5º de Violencia Doméstica y Familiar contra la Mujer.
Supe que Paulo se fue a vivir a la casa de una hermana, pero nunca volvimos a tener contacto. Recientemente, este intentó acercarse a mi hija, pero nunca lo vieron. Ella está desolada, avergonzada y no quiere ver a su padre ni en pintura.
Cuando lo cuento, a la gente le cuesta creerlo. Cómo es posible que un hombre tan serio, moralista y lleno de reglas en casa haga tal cosa con su mujer. Esto es es realmente raro. Sé que mis fotos desnudas pueden haber rodado ya por todo el mundo, y solo quiero que él pague por lo que hizo, porque el dolor que sentí nunca se podrá borrar”.
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